domingo, 19 de octubre de 2014

Bajo la tormenta.

Decides pasar un domingo con tu familia bajo la lluvia, y no tienes otra opción que sonreír, y lo haces. Mientras por dentro deseas llorar al ritmo de las gotas. Te situas bajo la tormenta y dejas que tu rabia se derrita junto al agua, miras el cielo y ves esas nubes oscuras que tanto ansiaba durante esos meses de sol. Respiras aquel aire no contaminado y decides pasear entre los árboles. Coges la chaqueta y te la pones por sobre los hombros para continuar.
Comienzas el camino y piensas en lo bonito que es ver aquellas hojas con ese color marrón que indica que tu estación favorita está a la vuelta de la esquina, oyes el chisporreteo de las gotas al chocar contra las hojas del suelo y tus pisadas. A medida que caminas desaparece todo aquello que molestaba, el olor a barbacoa, la gente pasando, la mirada de algún extraño, el sonido de un perro ladrando, niños jugando.. hasta los problemas que tenías desaparecen, como por arte de magia.
Decides parar y sentarte junto a un árbol, lo haces y miras al frente esperando a que alguien llegue y te diga lo preciosa que estas aunque estés horrible a causa de la lluvia. Pero no llega nadie.
Miras el cielo y a medida que pasa el tiempo, te vas quedando más relajada. Inspiras, expiras. Buscas una piedrecita y la tiras al aire para cogerla y así estar un rato. Sin darte cuenta comienzas a acostarte sobre la tierra mojada sin importarte la ropa o lo que dirá tu madre cuando te vea toda machada por que sabes que no te dará importancia. Cierras los ojos e intentas imaginar un mundo mejor, sin contaminación, sin guerras, sin preocupaciones, te vas quedando dormida cuando de fondo oyes un ruido y te levantas rápidamente.
Miras a la izquierda y a la derecha en busca de aquello que produjo el sonido, y en menos de un segundo aparecen aquellos niños de los que huías desde un principio, haciéndote volver a la odiosa y horrible realidad.

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